Los Tres Principios


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Los Tres Principios

La Comunidad de Pacificadores Zen pretende dar testimonio de la alegría y del sufrimiento del universo, tomar consciencia de la unicidad e interdependencia de la vida y buscar sus expresiones concretas a través del estudio, la práctica y la acción en vistas a la transformación personal y social. Estamos comprometidos con la no violencia, la inclusión, y la libertad de expresión y experimentación. Al entrar en la corriente de la espiritualidad socialmente comprometida, nos empeñamos en vivir una vida de: 

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  • No-saber, abandonando cualquier idea fija sobre nosotros mismos y sobre el universo
  • Dar fe de la realidad de alegría y sufrimiento del mundo tal como es
  • Llevar a cabo las Acciones que surgen del no-saber y del testimonio de la realidad 
 

Estos Tres Principios sirven como base para el trabajo y la práctica de los Pacificadores Zen. Al dejarse orientar por estos Tres Principios, el servicio se transforma en práctica espiritual. Concretamente,

El no-saber hace caer nuestro marco conceptual de suposiciones y prejuicios personales, conceptos tales como “dentro y fuera”, “bueno y malo”, “ir y venir”. El no-saber es un estado de presencia abierta sin separación.

En este estado podemos dar fe de la realidad, que es el segundo principio, fundiéndonos o uniéndonos profundamente con un individuo, situación o ambiente, bebiendo profundamente su esencia. Desde este “saber íntimo”, podemos luego elegir una respuesta apropiada a la persona o situación, que es otro modo de “llevar a cabo las acciones que surgen del no-saber y dar fe de la realidad”, nuestro tercer principio.

Esto da lugar al estilo holístico, integral, y envolvente de los proyectos de servicio inspirados por la visión de Bernie. Al hablar sobre los Tres Principios como prácticas y fases de la conciencia separadamente, estamos haciendo una concesión a la mente discriminativa. Son en realidad un flujo continuo, en el cual cada principio contiene y da origen a los otros. 


Bernie Glassman Y los Tres Preceptos Puros

Sobre el Primer Precepto Puro, Dogen Zenji dice que “abandonar el mal es el lugar permanente de las leyes y reglas de todos los Budas”. Este lugar permanente es el estado de no-dualidad, del no-saber y de la no-separación. El Sexto Patriarca del zen define el zazen como el estado de la mente en el que no hay separación entre sujeto y objeto – no hay espacio entre tú y yo, arriba y abajo, bien y mal. De modo que también podemos decir que este precepto es un ‘Regreso al Uno’.

Es muy difícil estar en este lugar donde no sabemos lo que está bien y lo que está mal. Es el lugar del ser, de la vida misma. ¿Cuántos de nosotros podemos decir que estamos abiertos a todos los caminos de todas las vidas? ¿Cuántos de nosotros podemos decir que no tenemos respuestas? ¿Cuántos de nosotros podemos decir que todo camino que se presenta es el camino correcto? 

Para mí la verdadera pregunta es: ¿en qué forma podemos propiciar la percepción de la unidad de la vida dentro de la sociedad moderna? ¿Qué formas podrían facilitarnos la experiencia del estado de no-dualidad?

El zen es una práctica que nos empuja a darnos cuenta de lo que es. Para mí, el zazen es una forma de dar fe de la vida tal como es, de dar fe que ha desaparecido la negación de la unidad de nuestra vida. Como seres humanos que somos, cada uno de nosotros niega y evita algo. Hay ciertos aspectos de la vida que no queremos tratar, generalmente porque tenemos miedo de ellos. A veces es la sociedad misma la que niega la realidad.

El zazen nos permite ser testigos de la vida en su totalidad. Para mí, ésa es la esencia del segundo precepto puro, ‘hacer el bien’. Dogen dice: “Hacer el bien, eso es el Dharma, la suprema iluminación, el camino de todos los seres”.

Dar fe de las cosas que estamos negando o que la sociedad está negando, ser testigos de aquello que no queremos tratar, éste es el Segundo Precepto. Cuando damos fe de la realidad, nos abrimos a lo que es y así aprendemos. Las cosas que estamos negando son fuente de aprendizaje. No vamos a ellas para ser nosotros los maestros. Cuando logramos escuchar, ser testigos de la realidad, las cosas que hemos negado nos enseñan. 

  Foto: Peter Cunningham

Foto: Peter Cunningham

Para mí, la plenitud del zazen reside en el tercer precepto puro que consiste en hacer el bien a los demás. Dogen dice que “es trascender lo profano y estar más allá de lo santo; es liberarse uno mismo y liberar a los demás”.

¿De qué sirve que simplemente nos hagamos más santos a nosotros mismos? ¿Qué sentido tiene? El verdadero sentido de las cosas es servir, ofrecer, hacernos ofrenda. Los frutos nacen por sí mismos, de modo que no tenemos que preocuparnos sobre lo que debemos hacer. Si dejamos el mal, si nos convertimos en ese estado de no-saber, si nos convertimos en zazen, la ofrenda surgirá por sí misma. Los frutos simplemente aparecerán.

Hemos oído la pregunta de siempre: ¿cómo traemos nuestra practica zen a la vida? Pero es que el zen es la vida misma. ¿Por qué habría que traer nada? ¿Y adónde habría que llevarlo? Cada aspecto de nuestra vida debe ser práctica zen.

Personalmente fui formado en un modelo tradicional monástico, cuyas formas conducen al estado de no-saber. Para mí la verdadera pregunta es: ¿en qué forma podemos propiciar la percepción de la unidad de la vida dentro de la sociedad moderna? ¿Qué formas podrían facilitarnos la experiencia del estado de no-dualidad? Casi todo lo que hacemos genera más pensamiento dualista. ¿Cómo entrar nosotros mismos, cómo conducir a nuestros hermanos y hermanas al estado de no-dualidad? Ésa es la pregunta. Ése es el koan.

(Adaptado de una charla sobre el Dharma del Roshi Bernie Glassman, según la publicación de Shambala Sun de mayo 2013).