Reflexiones personales de Eve Marko sobre el retiro de noviembre 2014 en Auschwitz-Birkenau


La noche del jueves era nuestra noche habitual en las barracas. La víspera del viernes, último día de retiro, acostumbramos volver a Birkenau en la oscuridad para sentarnos a meditar en una de las barracas a la luz de velas y linternas. Años atrás, estas vigilias duraban a veces hasta la medianoche e incluso hasta el amanecer.


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 Foto: Peter Cunningham

Foto: Peter Cunningham

Al llegar a la puerta principal de ladrillo, a través de la cual las vías del tren conectaban con el campo y daban directamente a los crematorios, subimos a la torre de guardia construida sobre la reja. Aquí, mirando por encima de sus ametralladoras, los guardias de las SS disfrutaban la visión aérea de los hombres, mujeres y niños mientras daban tumbos al bajar de los vagones que habían sido sus prisiones por días e incluso semanas, sin comida ni agua, para ser empujados una y otra vez por más guardias con sus garrotes y perros feroces hacia los lugares de exterminio. Este lugar escalofriante siempre nos ha invitado a atestiguar la realidad de los guardias con su visión panorámica del terror y el sufrimiento que tenía lugar a sus pies mientras tomaban café, reían, se quejaban de la ardua labor y del mal tiempo, chismorreaban, y esperaban el cambio de turno. En algún lugar en esa escena, muchos nos reconocíamos a nosotros mismos, preocupados por nuestros problemas y nuestras propias vidas, adaptándonos con más o menos facilidad a un sistema del que quizás nos lamentamos, pero que no transgredimos.

Luego caminamos en una sola fila hacia la barraca, donde el rabino Ohad Ezrahi nos invitó a mirar más de cerca a los perpetradores y a las víctimas. Invitó especialmente a los participantes alemanes a hablar sobre sus vidas y familias, sobre la experiencia de la guerra de sus padres y abuelos. Escuchamos historias de depresión, culpabilidad, silencio, negación y sobre la violencia silenciosa que acompaña los secretos. Me conmovió escucharlas. Pero también me sentí frustrada, no por las historias, sino por la visión pesada y mecanicista, según la cual comprender el pasado nos permite cambiar el presente y el futuro.

El Dalai Lama ha dicho que el karma es una realidad muy sutil. A mi entender, tiene dimensiones tan vastas e innumerables que son prácticamente imposibles de conocer. Podemos participar en visitas con guías turísticos muy bien preparados que proporcionan números, datos y hechos, pero que no pueden expresar los efectos del genocidio de Auschwitz sobre el cielo y el viento, sobre las danzas poi de los maoríes en Nueva Zelanda, o sobre la conducta tímida de la alpaca en Perú. Algunos pueden indicar el nacimiento del estado de Israel como consecuencia del Holocausto, pero no el calentamiento global, ni la pérdida de la mitad de nuestra biodiversidad en los últimos 40 años. Aquella noche de jueves, en el silencio de la barraca, pedí que mi testimonio de la realidad no se dirigiera solo a los perpetradores y víctimas para tratar de saber quién hizo qué y a quién, sino a algo mucho más grande.

¿Cómo es posible que algo como Auschwitz haya sucedido? Esta es una pregunta que se hace no solamente la gente que participa en nuestro retiro, sino probablemente la mayoría de los visitantes cuando recorren los caminos polvorientos y pedregosos entre las alambradas de púas; casi puedes leerlo en sus ojos. El presidente estadounidense Dwight Eisenhower dijo que si tienes problemas para resolver un problema, debes hacerlo más grande. Aquella noche en la barraca sentí que era hora de que este retiro se hiciera más grande. Los clubes y etiquetas – nazis, judíos, musulmanes, cristianos, israelíes, palestinos, gays, heterosexuales – siguen tan vivos como siempre, suscitando emociones, rivalidades y odios con la misma profundidad; pero todo es demasiado lineal, demasiado parecido a las lecciones de historia antigua. Siento que necesitamos cambiar el discurso, tanto sobre los grandes fenómenos del genocidio o Shoah, como sobre las voces interiores que ignoramos o negamos. Ambos temas se han quedado demasiado estrechos. Necesitamos hacer preguntas más grandes, aunque no sepamos todavía preguntar, aunque no sepamos ni siquiera qué palabras usar.


Siento que necesitamos cambiar el discurso, tanto sobre los grandes fenómenos del genocidio o Shoah, como sobre las voces interiores que ignoramos o negamos. Ambos temas se han quedado demasiado estrechos. Necesitamos hacer preguntas más grandes, aunque no sepamos todavía preguntar, aunque no sepamos ni siquiera qué palabras usar.

Quizás por eso me vienen en mente las bacterias, especialmente las cepas que logran burlar los antibióticos y pesticidas. Mutan rápidamente, se reproducen velozmente y cambian su química en la marcha. Nosotros los humanos no mutamos rápidamente. Si de algo me doy cuenta es de la lentitud de mis facultades; de mi resistencia al cambio; de mi tendencia a retomar los patrones, etiquetas e historias que generan culpa o victimizan; de mi búsqueda de resultados rápidos que no tienen nada que ver con la paciencia y el sacrificio de las miles de millones de células bacterianas que mueren en el proceso de regeneración y renovación.

En enero de 2015 se cumplen 70 años desde que el Ejército Rojo liberó Auschwitz- Birkenau. Las energías históricas están a la mano. Podemos cabalgar sobre ellas o ignorarlas. Me sorprendo a mí misma buscando nuevas palabras, nuevas historias, nuevas formulaciones. Quiero cambiar mi vieja química y descubrir las energías que siguen burbujeando en este lugar gris rodeado de alambradas, poderosas energías que ni siquiera hemos comenzado a descubrir. ¿Cuál es el trabajo búdico necesario en esta tierra de los apegos? ¿Cómo puedo transformar la química de la avaricia, la ira y la ignorancia en curación y renovación a todos los niveles, en todas las dimensiones? El jueves y el viernes contemplé una y otra vez los cielos grises de Birkenau y me pregunté, no lo que los prisioneros habrán visto hace 70 años, sino lo que la gente verá dentro de 70 años. ¿Quedará en pie algo de esto? Y lo que es más importante, ¿a alguien le importará? ¿O sucederá algo que minimizará la importancia de los campamentos de Oswiecim?

Por esta razón me conmovió profundamente ver tantos Pacificadores Zen reunidos en este lugar, el mismo lugar donde, a lo largo de casi 20 años, muchos de nosotros nos hemos encontrado por primera vez y al que muchas veces hemos vuelto. Los fines de semana inmediatamente antes y después del retiro, nos ejercitamos en escuchar no sólo las voces independientes, todas ellas, sino también la verdad grande del grupo, el lenguaje rico y complejo del conjunto de personas sentadas en comunidad, de los cuerpos extendidos para atestiguar la realidad de quienes estábamos en la habitación, y luego seguimos preguntando: ¿Quién más está en esta habitación? ¿Qué otra cosa debemos escuchar?

 Foto: Jozo Novak

Foto: Jozo Novak

Siento que los Pacificadores Zen tenemos algo importante entre manos cuando nos reunimos en las ruinas de los crematorios, en las verdes colinas que presenciaron los asesinatos de Ruanda, y entre el robo y la violencia rapaz de Black Hills, Dakota, para enraizarnos en eventos históricos muy concretos, y también cuando enfrentamos el reto de ubicarnos ante las otras personas y cosas que están en la habitación. Nada carece de antídoto, e incluso las más profundas fosas de ceniza ofrecen hierbas curativas a quienes saben buscar. De modo que quizás nuestro trabajo – en Auschwitz, Murambi, Black Hills, Srebrenica y en las calles del mundo – consiste primero en atestiguar la realidad de lo que pasó, para luego encontrar el modo de elaborar pociones medicinales hechas de sangre y de ceniza, una nueva química para nuestro precioso mundo.

La pregunta sobre qué otras personas y cosas están en la sala se la ha planteado constantemente nuestro grupo de portadores del espíritu (spirit holders), cuyo trabajo consiste en guiar el retiro según la visión de su fundador. Este grupo también pasó días en reflexión, tratando de enfocar este retiro – que no es otra cosa sino un ser que respira, que se renueva a sí mismo en cada nuevo encuentro, con cada nuevo participante – hacia un no-saber cada vez más profundo. Como el resto de la gente, somos un grupo diverso, cada quien con un estilo proveniente de diferentes tierras y culturas. Ahora que una nueva generación está asumiendo el liderazgo, trayendo consigo más diversidad y variedad de perspectivas que nunca, es importante crear y transmitir un conjunto claro de reglas y directrices para todos – participantes, equipo y portadores del espíritu, todos por igual – para apoyar tanto el espíritu como la forma del retiro, y para evitar la distracción, la confusión y la posibilidad de hacer daño. Por esta razón, los portadores del espíritu están en proceso de crear un acuerdo que defina los valores éticos y las directrices que esperamos nos permita, como individuos y como grupo, profundizar cada vez más en el no- saber, en el dar fe de la realidad y en la acción que de allí surge.

Muchas, pero muchas reverencias de agradecimiento a todos los que han participado en este retiro y han servido en él como parte del equipo durante casi 20 años, y también a las almas y espíritus de Auschwitz.