Reflexiones de Eve Marko sobre la visita a Black Hills



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Whiteclay, Nebraska, no es un pueblo como los demás del mapa. Consiste en una media docena de cobertizos rojos muy grandes dispuestos uno frente al otro a lo largo de la carretera fangosa que serpentea desde la Reservación Lakota de Pine Ridge que está ubicada un kilómetro y medio hacia el norte. Pine Ridge, en el estado de Dakota del Sur, ha sido un lugar muy seco por más de un siglo, aunque este pueblo no podría ser más “húmedo”, y no solo por la arcilla que se convierte en fango pegajoso cada vez que llueve...

“Aquí es donde vienen a beber”, nos dice Bennett Tuffy Sierra. Llegamos al final de la fila de cervecerías en pocos segundos y luego gira el coche sobre el pavimento roto. Al instante una mujer demacrada, cuya edad es imposible definir, aparece en una ventana, vestida solamente con una fina camiseta gris, aunque afuera está helando, mientras la llovizna aplasta las delgadas hebras de cabello sobre su cabeza. Bennett hace un gesto con la boca para decirle que no, sacudiendo su cola de caballo enfáticamente, mientras las arrugas se hacen más profundas en su oscuro rostro moreno.

“Mi padre murió por la bebida. A mi tío lo golpearon en la cabeza delante de esta misma cervecería. Logró llegar al lado de aquel furgón que está allá, ¿lo ves?, y allí se quedó dormido. Esa noche nevó y murió de hipotermia. Mi primo se mantuvo sobrio durante 20 años y luego ‘volvió a salir’. La policía le disparó y lo mató porque estaba empuñando una pistola afuera del bar”.

‘Volvió a salir’. No recayó en el vicio, no volvió a beber o a abusar del alcohol, sino que volvió a salir. Generalmente todo comienza con un trago en Whiteclay. Algunos, entre ellos Tuffy Sierra – excampeón como jinete de toros en los rodeos de todo el estado de California y del Occidente de los Estados Unidos – finalmente dejaron de venir a este lugar. Pero muchos de los que dejan el trago vuelven a salir.

Algunos han sido parientes de Tuffy, como la chica que entró en rehabilitación y llegó a ser consejera psicológica, para luego volver a salir, estrellar el coche en una zanja y morir en el acto. O la abuela que crio sola a sus seis hijos porque su marido bebía aquí en Whiteclay y un día simplemente desapareció sin que nadie supiera su paradero, mientras una de sus hijas volvía a salir y moría en menos de un año.

 Foto: Peter Cunningham, Black Hills Agosto 2015

Foto: Peter Cunningham, Black Hills Agosto 2015

“Nosotros tenemos un dicho” me dice Tiokasin Ghosthorse. “Puede ser que carezcamos de tierra, pero tenemos un hogar”. 

Desde hace años, los Lakotas vuelven a salir temporada tras temporada en la antigua localidad de Black Hills (Colinas Negras), que es rica de caza y se llama así por el tupido bosque de pinos que la cubre. Las colinas han tenido un carácter sagrado para la población local por más de 12.000 años como hogar de poderosas fuerzas espirituales, incluso antes de que llegaran los Lakotas. Los lugares donde despunta el granito conectan el cielo y la tierra, el mundo de los espíritus y el de los seres humanos. Salpicada de sitios arqueológicos y lugares sagrados relacionados con la cosmología y la astronomía, Black Hills ha sido el centro del Universo de los Lakotas hasta el día de hoy. El corazón de este lugar es lo que la gente blanca denomina Wind Cave, la cueva que respira, con su superficie de calcita en forma de panal, uno de los siete lugares sagrados utilizados para ‘explorar la visión’ (visión quest), realizar ceremonias, ritos medicinales y entierros.

“El lugar para explorar visiones lo hemos llamado Matȟó Thípila o Bear Lodge (albergue del oso)”, nos diría luego Birgil Kills Straight, un hombre santo de los Oglala. “¿Sabes cómo lo llamáis vosotros? – añade Birgil. Devil’s Tower (torre del diablo). Otro lugar cercano lo llamáis Hell Canyon (cañón del infierno). La lengua Lakota no tiene palabras para decir diablo e infierno – nos dice. Esos conceptos no son parte de la tradición”.

Black Hills no debería ser un lugar habitado; los indios solamente venían a este lugar para conectarse con el mundo espiritual. El Tratado de Laramie de 1868 reconoció esto y el gobierno de los Estados Unidos acordó que Black Hills pertenecía a los lakotas. Seis años más tarde, miles de mineros pululaban por estas antiguas montañas en busca de oro. El gobierno dio marcha atrás en el Tratado, e incluso amenazó a los lakotas con cortarles las raciones de comida para obligarlos a renunciar. Recientemente, la Corte Suprema dictaminó que Black Hills fue tomado ilegalmente y el gobierno les ofreció una compensación económica. Pero los lakotas no quieren el dinero del gobierno, sino el territorio de Black Hills. En realidad nadie puede poseer Black Hills, porque nadie sobre el planeta puede realmente poseer tierras.

 Foto: Peter Cunningham, Black Hills Agosto 2015

Foto: Peter Cunningham, Black Hills Agosto 2015

Al conducir el coche a mediados de enero entre las cumbres nevadas y las rocas de granito, vemos lo que los blancos han traído a la casa de los grandes espíritus. Hemos traído las ciudades de Deadwood y Lead, antiguas poblaciones mineras que ahora, con sus hoteles, museos y casinos estilo Viejo Oeste, son una Meca para los excursionistas y ciclistas, sin mencionar a los turistas que llegan en busca de Wyatt Earp, Wild Bill Hickok y Calamity Jane (personajes del Salvaje Oeste estadounidense). El pueblo de Sturgis organiza un famoso rally anual de motocicletas; este verano habrá un millón de ciclistas subirán aceleradamente por estas cuestas y se lanzarán a las carreteras. Color, historia y días llenos de diversión, pero todo ello no es otra cosa sino el recuerdo de un robo puro y duro.

Intento imaginar que la gente invade nuestra casa y nuestro jardín simplemente porque han escuchado que hay oro en el subsuelo. Intento imaginar la apertura de bares dentro del Vaticano, de burdeles en la Meca o en la explanada del Templo de Jerusalén, y de explotaciones mineras en Bodhgaya, India. Aún hay minas de oro en Lead, pero son de poca monta. Ahora los grandes delincuentes son las corporaciones que despojan a Black Hills de sus recursos metalúrgicos, incluyendo el uranio.


Cuando pisamos esta tierra, estamos caminando sobre el suelo y la roca que contienen los huesos de nuestros antepasados. Cuando contaminamos, abrimos minas a cielo abierto y dañamos la tierra, se lo estamos haciendo a nuestros propios difuntos. La tierra es nuestra familia, nuestros ancestros, nuestros nietos. Somos nosotros. 

Dejamos el paisaje oscuro de Black Hills, giramos hacia el este, y cruzamos el monte hacia la llanura de la Reservación de Pine Ridge, una pradera ubicada hacia el sur que consiste en una mezcla de pastos, pinos y cedros. Los fuertes vientos esparcen arena y polvo. Miro sobre mi hombro izquierdo hacia el norte y veo las colinas peladas y las cimas puntiagudas del Parque Nacional de Badlands blanqueadas por el sol, mientras Tuffy sigue contando sus historias: “Mi abuelo no sabía una palabra de inglés cuando llegó al internado católico donde tuvo que matricularse, y por ese motivo le afeitaron la cabeza y lo dejaron dos días sin comer. Estaba prohibido dar sepultura tradicional a nuestros familiares; hay tumbas sin lápida alrededor de los internados donde yacen niños indígenas desaparecidos”.

No importa dónde vayamos o a quién encontremos, Tuffy tiene siempre una historia que contar, una conexión que hacer: la suegra de su tía, a quien le acaban de amputar la pierna a causa de la diabetes; el abuelo de su primo, cuya esposa murió de alcoholismo hace mucho tiempo, por lo que se quedó al cuidado de una nieta que camina muchos kilómetros hasta su casa porque no tiene coche; los dos nietos que están en la cárcel; un familiar de su esposa que murió por conducir el coche en estado de ebriedad. Su familia extendida es grande. “Nosotros tenemos un dicho” – me dice Tiokasin Ghosthorse. “Puede ser que carezcamos de tierra, pero tenemos un hogar”.

La incesante letanía de nombres de parientes lejanos y cercanos que aparece en la conversación me recuerda inquietantemente los nombres que cantamos alrededor del puesto de selección en Auschwitz-Birkenau durante los retiros de noviembre, los nombres de los que allí murieron: Maurice Fischer, Piotr Marianski, Janusz Rylko, Samuel Faber, Erich Goldschmidt, Sara Goldschmidt, David Goldschmidt, Rahel Goldschmidt, Michael Goldschmidt, Sofia Goldschmidt.

No es casualidad que durante la semana del 70o aniversario de la liberación de Auschwitz- Birkenau por el Ejército Rojo me encuentre, junto a Bernie Glassman y Grover Genro Gauntt, en la Reservación de Pine Ridge, para llevar a cabo una conversación organizada por Genro con dos ancianos de la tribu Oglala-Lakota, Tuffy Sierra y Birgil Kills Straight, y con Tiokasin Ghosthorse, miembro de los Miniconjou-Lakota de la Reservación de Cheyenne River al norte de Pine Ridge. Su reservación es el hogar de unas 25.000 personas, Tiokasin nos dice. Tiene un índice de desempleo del 90% y no hay doctores, solo algunos asistentes médicos. Pine Ridge tiene 30.000 habitantes, y encabeza las listas en cuanto a tasa de alcoholismo y enfermedades relacionadas, abuso de drogas, violencia doméstica, encarcelamiento, pobreza y suicidio. Hasta hace muy poco, la expectativa de vida para los hombres era de 48 años y de 52 para las mujeres.

Llegar a los setenta años solía indicar una vida cumplida. Hoy en día es solo un hito más, un momento para detenerse, para hacer un balance y mirar cómo tu vida se intersecta con la historia, para ver lo que ha cambiado y lo que permanece igual.

Durante las pausas de la reunión en el casino de Pine Ridge, salimos al aire libre para sentir el calor del sol y el fuerte viento que sopla en la pradera. Genro enrolla un cigarrillo mientras Bernie fuma un habano. Cuando reanudamos la reunión, hablamos sobre el horario, aunque ya sabemos que el tiempo tiene distintos significados para las personas. Hablamos sobre los círculos de paz (way of council), el clima, las ceremonias, la visión y orientación del trabajo, las aperturas y cierres. Hablamos de la afiliación tribal y de los carnets de identificación que llevan muchos indios. Dialogamos sobre qué otras personas podríamos invitar al retiro: indígenas de América del sur, India, Nueva Zelanda y Hawái, del mismo modo que participaran muchas Naciones Originarias. Me pregunto si van a señalar con el dedo a la gente como nosotros, como yo, una estadounidense blanca. Mi familia llegó a este país apenas en 1957, quisiera decirles, después de haber sufrido el cataclismo Europeo de la Segunda Guerra Mundial. Estos invitados no saben nada de Black Hills o de la Reservación. El único conocimiento que tienen de los indios norteamericanos es lo que han visto en las películas.

“Nuestras vidas no nos pertenecen”, nos recuerda Tuffy. “Dios actúa a través de nosotros”. Mientras subo con dificultad hacia el cementerio aislado, descuidado y medio abandonado en la cima de una pequeña colina, me pregunto qué entiendo yo de las acciones de Dios.

Existe también el trauma histórico, dicen ahora los sociólogos y psicólogos. En otras palabras, la historia no es lo que sucedió en el pasado, sino las historias que escuchamos ahora y también las que mantenemos en secreto. Cuando finalmente llegamos al cementerio de Wounded Knee, Genro y yo caminamos sobre la nieve y el lodo congelado hasta lo alto de la colina en el crepúsculo gélido para rendir homenaje a quienes están allí enterrados. En ese momento sé que no estoy viendo solo un monumento a la última gran masacre de los indios norteamericanos, sino también la punta de un iceberg moderno. Porque esta masacre, que finalmente hemos reconocido como tal, es sólo la minúscula parte visible de lo que no hemos reconocido, es decir, de la violencia institucional, repetida una y otra vez contra las Naciones Originarias y contra la tierra que tan ferozmente aman. A causa de la corrupción, el soborno, la alianza del gobierno con las empresas e intereses mineros, y de nuestra propia negación y olvido de la situación, sacrificamos constantemente a los hijos e hijas de la Tierra – las montañas y colinas, los árboles y plantas, los animales y pájaros, los preciosos mantos acuíferos y los seres humanos que la aman – para obtener más uranio, más metales, más hormigón, más desarrollo. Se construyen presas que inundan centenarias moradas tribales. Los cementerios son profanados y los museos recogen los huesos de los indios muertos para exhibirlos en sus exposiciones. Los filántropos ricos donan dinero para construir museos y monumentos dedicados a estas culturas como si se hubieran ya extinguido, en lugar de ayudar a salvaguardar su espíritu y vitalidad el día de hoy.

Cuando pienso en lo que nosotros, la sociedad no-nativa, le hemos hecho a los primeros pobladores de esta tierra, me doy cuenta de que ellos y la tierra son prácticamente la misma cosa. En son de burla, un hombre blanco preguntó a Caballo Loco, que estaba sumido en el dolor y la pérdida, dónde habían ido a parar las tierras de los indios. Señalando con el dedo, respondió: “Mis tierras están donde yacen mis muertos”. Cuando pisamos esta tierra, estamos caminando sobre el suelo y la roca que contienen los huesos de nuestros antepasados. Cuando contaminamos, abrimos minas a cielo abierto y dañamos la tierra, se lo estamos haciendo a nuestros propios difuntos. La tierra es nuestra familia, nuestros ancestros, nuestros nietos. Somos nosotros.

“Nuestras vidas no nos pertenecen”, nos recuerda Tuffy. “Dios actúa a través de nosotros”. Mientras subo con dificultad hacia el cementerio aislado, descuidado y medio abandonado en la cima de una pequeña colina, me pregunto qué entiendo yo de las acciones de Dios. Un hombre joven que viste una delgada sudadera con capucha roja y encima una camisa de algodón, con las zapatillas rotas que se mojan y ensucian en la nieve, nos sigue mientras el sol se hunde en la dirección de Black Hills, unos 250 kilómetros al oeste. Vive abajo, en uno de los furgones de Wounded Knee. Había muchas cabañas colina abajo en 1890, nos dice. Una iglesia católica colinda con el cementerio. En el pasado otras iglesias también se agrupaban alrededor de la colina. ¿Cómo es posible que haya sucedido esto? Resulta que en la temporada de Navidad, explica el joven, los sacerdotes y ministros visitaban a las familias que vivían colina abajo para llevarles regalos. Los ancianos del pueblo debían distribuirlos, y para ello firmaban un recibo, pero lo que en realidad estaban firmando, sin saberlo, era el permiso para construir una iglesia en el terreno adyacente al cementerio. “Querían deshacerse de nuestra religión, de nuestro modo particular de vida”, exclama.

Lo que me impresiona mientras atravesamos la Reservación en coche es la invisibilidad que hay en el ambiente. Whiteclay era visible, con sus edificios tan marrones como el barro de las calles, y la gente apiñada fuera bajo la lluvia, inquieta, sin esperanza en la mirada. En la reservación prácticamente no hay nadie. Furgones aislados o en grupos, algunas cabañas y autos chatarra semienterrados. Hay más animales: vacas y manadas de caballos, y luego perros en los pequeños pueblos de Kyle y Pine Ridge. La pradera parece enfáticamente plana e interminable, como un gran escenario donde antaño sucedían tantas cosas y donde ahora sucede tan poco.

Paolo Freire dijo que cuando te han oprimido por largo tiempo y sabes que no tienes la fuerza para oponerte al opresor, te agredes a ti mismo y a quienes están cerca de ti. Comienzas a beber, entras en las drogas, golpeas a tu pareja y a tus hijos, y finalmente te autodestruyes. En enero será el 125 aniversario de la masacre de Wounded Knee. Se escribirá mucho sobre ello, el noticiero de la noche puede que lo mencione, pero ¿cuánto dirán sobre la demoledora pobreza del día a día, sobre las heridas y traumas que pasan de generación en generación? ¿Y cuánto estaremos dispuestos a escuchar?

Black Hills desde el oeste parece hacernos señas. “No traten de arreglarnos”, es el mensaje silencioso de las personas que me rodean. “Dejaos de tratamientos, trabajadores sociales y medicamentos, agentes del censo y sociólogos, dejaos de dar dinero. Sí, es importante, pero primero necesitamos nuestra religión con sus ceremonias, las cuevas sagradas y las montañas, las rocas y los pinos cubiertos de nieve de Black Hills. Necesitamos la tierra donde yacen nuestros muertos”.

Genro ha estado viniendo a la Reservación durante 16 años, verano e invierno, por un periodo de dos semanas o más cada vez. Durante años la gente le ha preguntado a qué viene. ¿Traes dinero? – le preguntan. ¿Traes medicinas, programas educativos, cursos de formación? ¿Vienes a enseñarnos a meditar? “No traigo nada” – les dice. No hace nada, simplemente pasa el rato con Tuffy Sierra, su familia extendida y otros miembros de la tribu. Observa, participa, escucha, aprende y de este ‘no hacer nada’ ha surgido un retiro para dar fe de la realidad en agosto de 2015.

 Foto: Peter Cunningham, Black Hills Agosto 2015

Foto: Peter Cunningham, Black Hills Agosto 2015

El día que Tuffy bajó con su coche para encontrarnos en Rapid City vio un campo lleno de halcones cresta blanca, nos dijo. También vio dos águilas, una de ellas completamente negra, que volaron justo sobre su auto al salir de la Reservación. Alce Negro dijo una vez que la curación en este lugar, en estas colinas, en las grandes llanuras, comenzaría con la séptima generación. Cuento los años y me doy cuenta de que no hemos llegado todavía; sucederá cuando yo tenga 65 años, y puede ser que no logre dar fe de ello. ¿Qué puedo hacer entonces? Venir aquí y dar fe de la realidad. Dejar atrás mis ideas preconcebidas y estar aquí. Algo surgirá de ello, y mi presencia no puede sino ayudar. Vida y muerte se encontrarán y la renovación tendrá lugar, siempre ha sido así. ¿Qué forma tendrá? No tengo la mínima idea.